El país que respira hielo
Islandia se deja fotografiar solo cuando la niebla lo decide. Llegué a un valle donde el glaciar asomaba entre la ceniza y la nieve, y todo el paisaje parecía contener la respiración.
El interior de una cueva glaciar brilla en un azul intenso, como si la luz atravesara siglos de hielo comprimido. Fotografiar ese azul imposible, tan distinto de cualquier cielo, es una de las razones por las que vuelvo siempre al hielo islandés.
En la costa, el oleaje empuja hasta la orilla bloques de hielo transparente que el glaciar suelta mar adentro. Contrastan con la arena negra y la espuma blanca en un vaivén constante: el mismo mar que trae el hielo hasta la playa amenaza con llevárselo de vuelta.
Y entre tanta naturaleza, de pronto, una ruina humana: el fuselaje de un avión abandonado sobre la nieve intacta, oxidándose bajo un cielo improbable. Caminé alrededor buscando el ángulo donde el metal herido y el paisaje helado contaran juntos la misma historia de abandono.