Donde el agua nace de la piedra
La Gran Sabana se recorre por el agua: ríos oscuros teñidos de ámbar, curiaras que avanzan despacio y tepuyes que parecen crecer con la distancia.
Una mañana sin una sola nube alcancé a ver el Auyantepui completo, con el hilo del Salto Ángel dibujado en su pared. El agua del río estaba tan quieta que devolvía cada detalle: la roca, el bosque, el cielo. Fue uno de esos instantes en que el paisaje se duplica y uno no sabe hacia dónde mirar primero.
Me metí bajo la roca para mirar la cascada desde adentro. La piedra oscura y mojada envuelve, el agua cae en un manto blanco que lo difumina todo, y solo el rugido constante recuerda que la selva sigue viva afuera.
Debajo de la pared del tepuy, varias caídas de agua se despeñaban a la vez entre nubes bajas y jirones de niebla. Ahí entendí por qué dicen que en este lugar el agua parece nacer de la propia montaña.